domingo, 20 de febrero de 2011

J. L. Borges: El Jardín de senderos que se bifurcan

Me pareció increíble que ese día sin premoniciones ni símbolos fuera el de mi muerte implacable. A pesar de mi padre muerto, a pesar de haber sido un niño en un simétrico jardín de Hai Feng ¿yo, ahora, iba a morir? Después reflexioné que todas las cosas le suceden a uno precisamente, precisamente ahora. Siglos de siglos y sólo en el presente ocurren los hechos; innumerables hombres en el aire, en la tierra y el mar, y todo lo que realmente me pasa me pasa a mí...
[...]
Soy un hombre cobarde. Ahora lo digo, ahora que he llevado a término un plan que nadie no calificará de arriesgado. Yo sé que fue terrible su ejecución. No lo hice por Alemania, no. Nada me importa un país bárbaro, que me ha obligado a la abyección de ser un espía. Además, yo sé de un hombre de Inglaterra —un hombre modesto— que para mí no es menos que Goethe. Arriba de una hora no hablé con él, pero durante una hora fue Goethe... Lo hice, porque yo sentía que el Jefe tenía en poco a los de mi raza -a los innumerables antepasados que confluyen en mí.
[...]
Bajo árboles ingleses medité en ese laberinto perdido: lo imaginé inviolado y perfecto en la cumbre secreta de una montaña, lo imaginé borrado por arrozales o debajo del agua, lo imaginé infinito, no ya de quioscos ochavados y de sendas que vuelven, sino de ríos y provincias y reinos... Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes , olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio.
[...]
Albert se levantó. Me dio, por unos instantes, la espalda; abrió un cajón del áureo y renegrido escritorio. Volvió con un papel antes carmesí; ahora rosado y tenue y cuadriculado. Era justo el renombre caligráfico de Ts'ui Pên. Leí con incomprensión y fervor estas palabras que con minucioso pincel redactó un hombre de mi sangre: “Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan”. Devolví en silencio la hoja. Albert prosiguió:
[...]
La explicación es obvia: El jardín de los senderos que se bifurcan es una imagen incompleta, pero no falsa, del universo tal como lo concebía Ts'ui Pên. A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas la posibilidades. No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos. En éste, que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma.
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Jorge Luis Borges: "El jardín de senderos que se bifurcan"
(1941); en Ficciones (1944)
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Una puerta no sólo es la entrada a un nuevo mundo, sino a un sin fin de mundos posibles. Cada segundo es una explosión de opciones desechadas (infinitas menos una). Y es imposible corregir: en el tiempo que tardas en borrar la "o" y poner la "i", ingenuamente deseada, ¿cuántos regalos le hemos hecho al destino? En ese tiempo un electrón puede cruzar todo el planeta, un pensamiento puede enamorarse de un mundo.
Aún así, no es imposible volver atrás. La historia de nuestra vida no es sólo un reguero de decisiones nuestras. Nuestros
caminos se cruzan con las decisiones de otros. Podemos vivir con un pie en el pasado de otros y con el otro en el futuro otros tantos. Tal vez yo esté en la misma posición que un monje del siglo X, si Alejandría no hubiera ardido. Tal vez esté escribiendo lo que hace diez años anhelaba escribir, pero un segundo de ignorancia e indecisión me lo impidió. O tal vez soy ya el lector, que encuentra este texto y piensa que le ha pertenecido siempre.
Es por eso que nos causa tanto terror una puerta. Una puerta cerrada que al abrirse se llevara todas las opciones y nos dejara sólo con nuestro deseo. ¿Quién habrá detrás de la puerta? Sea quien sea sólo puede ser el destino. Lo que temo, lo que deseo, lo que he de ser, lo que he de perder. Y a veces cumplir con el destino es una cobardía. Otras veces, cumplir con el destino es puro valor. Las opciones esperan detrás de la puerta.
Y lo más terrible, es que después de cruzada sigue estando ahí: otra y la misma, hacia el mundo que a partir de ahora decidimos recordar, cómo recordar, o cómo mantener en el olvido.


Abriendo a Borges:

2 comentarios:

  1. Letra muy pequeñita aunque pinche y la amplie...

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  2. Ya lo sé, lo siento. Pero la selección ya resultaba muy larga; en realidad son índices para localizar en el texto completo (ver enlace).
    En cualquier caso, siempre podemos usar el zoom ("control+").

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