martes, 30 de septiembre de 2014

El pudor. SAFO

Α´.
θέλω τί τ᾽ εἴπην, ἀλλά με κωλύει
αἴδως.
Β´.
αἰ δ᾽ ἦχες ἔσλων ἴμερον ἢ κάλων,
καὶ μή τί τ᾽ εἴπην γλῶσσ᾽ ἐκύκα κάκον,
αἴδως κε ν<ῦν> σ᾽ οὐκ ἦχεν ὄππατ᾽,
ἀλλ᾽ ἔλεγες περὶ τῶ δικαίω.

Safo 
D. 149  L.-P. 137
(Snell)
Arist. Rhet. I 9 p. 1367a


-Quiero contarlo, pero me frena
la vergüenza.
-Si te asaltaran nobles deseos y hermosos
y no al hablar la lengua se te trabara horrores,
la vergüenza no te asaltaría los ojos,
de hecho, dirías más de lo debido.

¿Qué nos hace callar? ¿Qué reprime nuestros actos?
Este es un asunto difícil.
En la entrada sobre Spinoza proponía una definición de libertad basada en la complicidad: el espacio donde uno puede mostrarse tal cual es, sin fingimientos ni cortapisas. Decía que eso es más una sensación que una realidad. Pues, ¿qué es uno? ¿Realmente somos la idea que tenemos de nosotros mismos? Como si nuestra pretendida prudencia, nuestro deseo o consentimiento por agradar, por no ser devorados, no fuéramos nosotros.
El auge de las redes sociales demuestra hasta qué punto las personas desean hablar, enunciar su visión del mundo, del instante, su vivencia. El hablar es un acto extraño. Está a medio camino entre el pensar y el hacer, entre el delirio propio y la manipulación social. ¿Cuándo cedemos nuestra voz para recoger y escuchar las palabras de otro? ¿No es siempre?
La tradición literaria abunda en el ascua candente de los secretos. El secreto debiera ser lo que ha de ser callado; sin embargo, es más frecuente entenderlos como lo que urge ser contado. La prohibición señala un deseo. La vergüenza, dicen, es una estrategia social y discursiva para hacer tolerable para los demás nuestros más fuertes deseos. Transformar una posible amenaza en complicidad.
Te deseo, pero era un secreto.
Una estrategia aprendida, o innata, en cualquier caso adoptada por el yo. La costumbre de esconder la sexualidad, de poner un velo ante el deseo, debiera subrayar su importancia. Pero la técnica, al volverse innoble genera estigmas. ¿Es el bien o es el mal lo que no puede ser nombrado? Porque tal vez, sin el proceso de ocultación, parecería que no tiene importancia. El castigo es la forma del deseo, y la falta la excusa para llegar a él. O es que se confunde el deseo y el goce, cuando de alguna manera sí sabemos la diferencia.
Es este un asunto difícil. Como si hubiera un retén que entorpeciera el conocimiento o la explicación. ¿Y no debiera uno tener conocimiento de cómo funciona su propio pudor? ¿Cómo es posible esa ignorancia? ¿Qué es lo que nos impide saber lo que somos?, cuando estamos permanentemente hablando (u ocultando lo que pudiéramos decir), tantas veces hasta más de lo que sabemos prudente.


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